De todas las profesiones que existen la del artista es la más auténtica y la menos hipócrita. Un verdadero artista vende la verdad, su visión del mundo, la naturaleza y la pasión. No tiene que doblegarse ante el sistema, no es esclavo de nadie por más encubierta que se presenta esa esclavitud bajo bellos sinónimos de "empleado". 

Un artista es dueño de su tiempo, ya que el arte no conoce de fechas al igual que el alma desconoce la existencia del tiempo. 
El artista es el único encargado de dejar huella del paso de la humanidad por la historia; todo lo demás son rumores y la historia universal es mentira.
Un artista no tiene que asfixiarse en un uniforme incoloro por más prestigioso que sea el logotipo de éste, y reducirse a ser un peón más del lúgubre tablero de ajedrez. 
Un artista no tiene dueño, al menos que el mismo lo decida, pero eso ya es otra historia. 
Nadie conoce tantas caras del amor, como el artista; puede ser el amor por la propia grandeza como el de Picasso o el amor por una mujer como el de Dalí; el amor adictivo por el sufrimiento de Frida o la pasión por un profundo odio de Degas, y como dice la sabiduría popular: "el odio no es más que otra forma del amor, sólo que más sádica e intensa".