las obras de edouard manet el bar de folies bergere

Apoyada sobre el mostrador de marmol, la muchacha mira por debajo del flequillo rubio con ojos distantes y serenos. Tiene el escote adornado con un ramillete de flores y frente a ella se encuentran las botellas de champaña, cerveza y licor de menta.
El bar de Folies-Bergère de Edouard Manet conforma la lista de sus pinturas más misteriosas, siendo su última gran obra. 


El gran espejo de fondo refleja a un caballero con sombrero de copa que mira fijamente a la camarera y un espacio repleto de gente, luces, brillo y movimiento.
La joven rubia y el bar forman parte del célebre local parisino el Folies-Bergère, que se encontraba cerca del Boulevard Montmartre, en pleno centro de París. A mediados del siglo XIX la capital francesa era símbolo del progreso industrial, cultural y artístico, así como de la calidad de vida y era apodada "la capital de la civilización moderna".
En el exuberante París de la segunda mitad del siglo XIX, el Folies-Bergère tenía fama de ser el establecimiento más moderno y excitante. Muchos escritores y artistas retrataron el ambiente de este bar en sus obras. Con sus dos mil hombres fumando, bebiendo y divirtiéndose con las ochocientas mujeres que se prestaban para la diversión, era el teatro que uno podía desear.
El programa de este local era variado, incluía música ligera, ballet, pantomima y números de acrobacia. Los botines verdes de una trapecista en la esquina izquierda señalan a que la escena del cuadro se da en plena actuación. Bien podían ser de la artista americana Katarina Johns, que se presentó en la Folies-Bergère en 1881 con un número muy sugerente y atractivo, cargado de audacia y erotismo. Pero la principal atracción de este teatro no era el espectáculo, sino el propio público, una masa bulliciosa compuesta por dandys, burgueses y damas mundanas.


edouard manet el bar de folies bergere
Cartel publicitario de Folies-Bergère 1878

En el espejo detrás del bar se puede apreciar el balcón con los palcos reservados al público distinguido.
Los caballeros de ropa oscura y mujeres con sombreros de ala ancha y guantes largos parecen interesarse más por sí mismos que por el número de trapecio. 
En los palcos Manet ha representado a dos bellas mujeres con las que mantenía relaciones "ligeras": Mery Laurent de blanco y la actriz Jeanne de Marsy en beige.
La protagonista del cuadro se llamaba Suzon y era camarera de Folies-Bergère cuando Manet la invitó a posar para él. Lleva el uniforme de la casa: corselete de terciopelo negro sobre una falda gris.


las mejores obras de edouard manet

La actitud de Suzon es distante y reservada y su joven cutis rosado alude a que era una muchacha de las afueras que había conseguido un trabajo en Folies-Bergère por su juventud y frescura.
Por aquel entonces, la turbulenta y ociosa vida de los parisinos representaba el objetivo de la mayoría de las muchachas nacidas en el campo o en los barrios bajos y su única posibilidad de escapar de la pobreza. Cajeras, camareras, vendedoras, si no llegaban a convertirse en actrices y bailarinas, cobraban el mediocre salario mínimo, pero siempre coquetas y elegantes no desaprovechaban la oportunidad de ganarse un salario extra empleando su juventud de manera más lucrativa.
Entonces pasaban a formar parte de 30000 de prostitutas "clandestinas" que ejercían de manera independiente en un París ansioso de aventuras picantes.

Folies-Bergére era la sede de prostitución de lujo en el París de los sesenta-setenta. La amplísima oferta de este teatro abarcaba desde la lujosa y cara Mery hasta las prostitutas más corrientes de servicio rápido. Las mujeres que no fueran acompañadas, sólo podían acceder al local con una tarjeta que el director mismo repartía cada dos semanas entre las prostitutas más hermosas y elegantes. Con sus atuendos multicolores y sus generosos encantos a la vista, estas damas contribuyeron a que París se convirtiera en el foco de atracción de los turistas y fuera conocido con el sobrenombre de "la capital del mundo".

A Manet no le interesa la realidad visible, ni siquiera podía componer la obra, ya que los tres bares se encontraban en la planta baja, tampoco las luces eléctricos tenían ese efecto de lúgubre luz de un día pálido. Manet buscaba transmitir la vida diaria de su tiempo, la sensación objetiva de aquella turbulenta actualidad. 
Las obras de Edouard Manet provocaban constantes escándalos sociales, mientras que la crítica y el público elogiaban a los pintores académicos con sus temas "ideales" de la Antigüedad. Los cafés y las calles de Manet eran tan francos que eran demasiado vulgares para los pretensiosos parisinos. 
Al igual que la seductora dama "del mundo", el dandy juerguista también formaba parte del estereotipado público de la vida nocturna, como el caballero vestido a la moda que mira con deseo a Suzon.
Mediante un juego de la perspectiva y la óptica, Manet consigue la extraña impresión de que nosotros también nos encontramos frente a la camarera del cuadro, como si estuviéramos en el Folies-Bergère y viéramos a ese dandy como propio reflejo. Se percibe cierta tensión - fruto de la lógica distorsionada de la obra. Manet pinta el reflejo del salón como si el espejo a las espaldas de Suzon estuviera torcido, sin embargo, las líneas del marco son paralelas al mostrador, por lo que se ve que en realidad, está derecho. 


edouard manet el bar de folies bergere

La figura de Suzon de frente normalmente debería tapar su reflejo en el espejo, pero Manet rompe las reglas a su antojo, para sumergirnos en un atmósfera donde todo es apariencia, reflejo, ilusión, acorde con la vida nocturna y sus múltiples seducciones. Muchos artistas sucumbieron a la fascinación de París. En 1929 el escritor alemán Walter Benjamin escribió que "París es la ciudad de espejos", "La belleza de las parisinas es fruto de estos espejos. Antes de que un hombre la pueda ver, ya han comprobado su imagen en diez espejos. Un derroche de espejos rodea también al hombre, sobre todo en el café... los espejos son el elemento espiritual de esta ciudad, su emblema".

Manet casi nunca abandonaba por largos periodos su ciudad natal. Cuando en los años sesenta los otros artistas se retiraron al campo para ejercitar la pintura al aire libre, Manet se quedó en la capital. Paseaba por los bulevares y frecuentaba los cafés de moda en las tardes y se pasaba las noches en el Folies-Bergère. Un dandy elegante con bastón y sombrero de copa, amante de la moda y las mujeres bellas. Me imagino que ese tipo de vida, bohemia y despreocupada, que siempre queda a medio formular en los que aspiramos a ser auténticos artistas, es una delicia. Me gustaría ser hombre galante y acaudalado y vivir en el París sesentero del siglo XIX.

Manet vivía la esencia de su época y su estilo de vida es la fórmula de vida en de aquel París ambicioso. Su amigo poeta Charles Baudelaire escribió: "La vida parisina es fecunda en temas poéticos y maravillosos. El pintor, el verdadero pintor que estamos esperando, será aquel que sepa captar la vida actual desde su lado épico y nos haga ver y comprender, con el lápiz o el pincel, qué grandes y poéticos somos con nuestras corbatas y nuestros zapatos de charol". La obra de Manet consiguió precisamente esta sensación. No hacía falta hurgar en la Antigüedad para encontrar belleza, inspiración y grandeza, París tenía todo eso, sólo que habría que ver con el corazón puro y mente desinfectada para advertirlo.

Para cuando se pintó "El bar de Folies-Bergère", Manet ya era un hombre fatigado y enfermo y con esta obra se despide de la vida parisina que le era tan querida. En su camarera, los críticos ven a una gran sacerdotisa mítica y profundamente francesa, con su uniforme incoloro y su trivial entorno. Ella es el símbolo de su tiempo y la realidad de su época se refleja en su rostro. Los tonos del cuadro, fríos y cremosos, recuerdan lluvia e inspiran melancolía. Cuando lo veo, siento que todo este espacio está inundado y yo estoy flotando en algún lado del turbulento bar con las voces de la multitud, rítmicas y jubilosos, que me llegan apagadas a través de agua y me hacen sentirme tan sola rodeada de miles de personas.


edouard manet el bar de folies bergere