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Ordenando mis notas y libretas este fin de semana encontré mis viejos diarios y me encantó volver a revivir el momento en el que me mudé de Madrid a Moscú, mi ciudad natal. Fue justamente en otoño antes de caer las primeras nieves. Recuerdo que al llegar a esta gigante ciudad, no conseguía adaptarme, sin embargo ahora no existe mayor herida en mi corazón que su memoria:

 Me incorporé entre las arrugadas sábanas y consulté el reloj. Las cinco de la mañana. Todos los días, con la llegada de la noche, me  entregaba sin piedad a la pintura, con la esperanza de exprimirme hasta caer exhausta en un profundo y apaciguado sueño, pero esta táctica no daba resultado. La anhelada somnolencia no llegaba y, día tras día, me despertaba en la madrugada con dolor de cabeza y pesadez en el cuerpo.
Las primeras luces del día dieron volumen y contraste a la habitación. Observé mis piernas y brazos: estaban más mortecinos de lo normal a esta hora, un par de tonalidades más oscuras y marmoleadas. Me acerqué curiosa al ventanal y una exclamación de asombro adelantó toda reacción racional.
Sigilosa como gato, con mis zapatillas de fieltro rojo, atravesé la casa y el patio.
El escaso bosque amanecía cubierto por una sedosa capa de nieve reciente, como si alguien le hubiera dado una mano de pintura al paisaje. Me reí, alterada por la cargada energía del atmósfera y la bocanada del aire que solté se convirtió instantáneamente en vapor. Crucé apresurada el patio y me adentré entre los desnudos árboles. Mis huellas fueron las primeras en macular la perfecta superficie.
Pisada tras pisada, atravesaba la espesura, observando el ornamento que dibujaban mis pasos. 
Caminaba con ojos abiertos de un astronauta al llegar a un nuevo planeta. 
Después de estudiar la composición de la nieve, como un quisquilloso entomólogo al descubrir una nueva especie de insectos, me deleité observando a los minúsculos y bordados copos de nieve desaparecer con el calor de mi mano. Sentí demasiadas ganas de derrochar la energía descontrolada que brotaba por mis venas y corrí sin retener aliento. El silencio era pesado, interrumpido sólo por mi respiración entrecortada y el crocante chasquido de hojas muertas bajo mis pies.
Estaba tan conmocionada por la visión de la nieve que me olvidé de sentir frío. La ligera bata de franela color turquesa apenas me cubría las rodillas, pero, para mí aquel momento parecía idílico, como si el mundo no había sido creado más que para mí y acogía hospitalario a su dueña.

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