"A los 20 años tienes la cara que te brindó la naturaleza, a los 40 tienes la que tú mismo te has hecho y a los 60, tienes el rostro que te mereces" dijo mi estimada Coco Chanel. Nuestro cuerpo es como plastilina en nuestras manos y nosotros mismos lo esculpimos a lo largo de nuestra vida. Adoro esta teoría, me desagrada pensar que todo es una cuestión de azar, grande e incomprensible—que se haya por encima de nuestro alcance de comprensión; me gusta pensar que cierta parte de mi futuro está en mis manos.


Todos hemos oído la frase (o incluso hemos pronunciado): "que mal se ve tal persona, se ve que la vida no la trata bien o se ve que ha sufrido mucho". La mente es capaz de obrar maravillas, de eso estoy segura. Hace poco, leí en un artículo científico, donde decía que si a los niños se les dice constantemente que son bellos, ellos se lo creen y esa seguridad junto al tiempo esculpen un bello rostro a partir de los rasgos natos. Cuando hablo de belleza, no la mido en "anjelinajolies", sino hablo de la frescura, la piel tersa, ojos expresivos y un peculiar atractivo que puede irradiar una persona sin poseer la famosa simetría griega. 

Incluso podemos observar como algunas actrices famosas florecen con los años, mientras que otras se vuelven más feas y apagadas. Aunque los cuidados personales juegan un importante rol en la belleza exterior, no hay que olvidar de cuidar el alma, el estado de ánimo y vaciar los archivos de la memoria de la basura innecesaria, desprendiéndose así del resentimiento y de los malos recuerdos. Creo que ahí reside el elixir de la juventud. Me gusta esta filosofía, porque me da sensación de poder y control sobre mi vida. Y cuando nazca mi hija, pienso decirle que es preciosa todos los días, como mínimo unas 5 veces diarias.