Alisa Gromova cuadros

No hay peor martirio para el alma que el amor no correspondido. Cuando uno todavía ama con locura, pero el otro ya se enfrió y, a pesar de seguir físicamente, con su presencia, se encuentra muy lejos su espíritu. Es un vacío, decorado por ambos de una sutil hipocresía.
Uno se aferra a aquella llama que todavía arde en el corazón de su amado, pero ambos saben que el amor una vez muerto ya no puede resucitar. Entonces, las personas se autoengañan y se intensifican el sufrimiento, uno por pena; otro por negarse a aceptar el inminente final, viendo señales de amor donde solo hay humo. 
Pero muy en el fondo, sabemos cuando ya no somos amados, lo siente la sangre aunque la mente sigue terca, empeñada en redecorar las grietas. También sabemos cuando ya no amamos, pero nos negamos a romper el vínculo, por cobardes o por pena, y nos forzamos a repasar las cualidades y rasgos que una vez nos enamoraron, mecánicamente, como si se tratase de la tabla de multiplicación.
Seguramente, cada uno, estuvo alguna vez en la piel del desamado o del que desamó y sabe reconocer aquella luz apagada en los ojos o el fuego de la esperanza ya desesperada.
El sufrimiento es productivo, desarrolla la creatividad y brinda la posibilidad de comprender la alegría. Como dijo Dostoyevsky: "Quien nunca ha sufrido, no conoce la felicidad".

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