A menudo sueño que vuelo, que me elevo entre las nubes, siento vértigo y un terrible cosquilleo en el estómago, hasta que de repente pierdo mis alas y me precipito hacia la tierra, entonces me despierto entre almohadas con la sensación de haber bajado de la montaña rusa.
Desde tiempos inmemorables el hombre quiso volar, las grandes mentes, como Leonardo DaVinci diseñaban numerosos mecanismos que podían elevar al hombre al cielo. ¿De dónde viene tanto fervor por el vuelo? Tal vez en un lejano y desconocido pasado podíamos volar y ahora la memoria genética nos inquieta la sangre con aquel recuerdo.
Y si todos estos dioses de tantas mitologías similares vivieron de verdad, con sus poderes sobrenaturales que fueron extinguiéndose a lo largo de miles de años. Como el dios Zeus, conocido por su promiscuidad, que se entregaba a la lujuria con mujeres terrestres y engendraba hijos por todos los rincones de la Tierra; hijos especiales, codeándose entre la gente corriente pero con la conciencia de pertenecer a algún lugar diferente, más allá del alcance de la vista.

Aunque ya se ha inventado todo tipo de artificios para elevarnos por encima del horizonte, seguimos siendo los reyes de la Tierra y el cielo jamás será nuestro.
Las voces de calumnia, como alejadas campanas en el murmullo de la ciudad,
mutilan y dejan sordo solo a aquel que las hace sonar.
Las miradas de envidia,  como la niebla espesa al anochecer,
aturde y ciega solo a aquel que sin odio no puede ver.