alisa gromova

Si durante un largo rato te miras en el espejo, una escalofriante sensación de que este cuerpo no es tuyo aflora en la mente. Hay tanto misterio alrededor del espejo, algunas culturas les tienen temor y creen que si uno se mira en el espejo más de cinco minutos, su alma puede quedarse atrapada tras este emblemático trozo de vidrio.

En la época del Renacimiento, unos comerciantes venezolanos se enriquecieron fabricando espejos a base de oro, se decía que mostraban sólo lo bello de aquel que se jactaba ante él. Cada hogar acaudalado lucía un espejo venezolano en su dormitorio, siempre en un lugar íntimo, como si quisieran evitar que otros pudieron robarle algo de belleza a su reflejo.

Los espejos fermentaron la vanidad humana, que apenas podía estrechar sus alas con el famoso Narciso y el reflejo del agua. Pero no tengo nada en contra de esta inquietante cualidad humana, la vanidad embellece a las mujeres inteligentes y la arrogancia favorece a los hombres. Aun que es una cuestión de gustos...

El aspecto se vuelve como un sello, una condición, agradable y detestable a la vez; como los labios inflados después de una noche de amor, duelen pero ese dolor es placentero—un trofeo de la pasión vivida. Hay quien discrepa con esta visión, pero yo, desde luego, tengo más fe en los dragones y unicornios que en las personas que dicen: "no importa el físico, lo que importa es el interior".

Victor Hugo exploró a fondo los temas del aspecto humano en su novela "Nuestra señora de París" y llevó al extremo la desgracia de la fealdad y de la belleza, que en ocasiones causa más problemas de las que resuelve. Si crees que eres bello, la vida siempre te tentará aprovecharse de ese privilegio, te supondrá dilemas de ética, te hará descuidar la mente y el espíritu y puede que te obsesionará con desvanecerse hasta la locura. Cuando era pequeña, mi abuela me decía que jamás debo usar mi encanto para fines amorales, mi belleza no debe funcionar como un telón para crueles intenciones, sino Dios me la quitará, pero ahora entiendo que no es Dios quien hará justicia, sino el ego envenenado terminará por autodestruirse. Teniendo o no la consciencia de nuestra imagen, no hace falta emitir un juicio, ya se encargará la sociedad de hacerlo, guiada siempre por la tendencia más actual. Aún así, nuestro propio criterio es el más letal, el que distorsiona la realidad y nos hace ver el mundo a través de lo que creemos que somos. Conoce tu rostro, palpa tus barrotes...

El hombre no debería ser capaz de ver su reflejo, entonces su existencia sería mucho más nítida y auténtica.


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