La felicidad tiene poco valor si no puedes compartirla. 
Cuando se tiene una familia, la felicidad es un reto de cada día, incluso en los días más tristes, cuando la luz de esperanza parece apagarse tras un pesado y plomizo estado de ánimo, tienes que hallar aquello que te haga sonreír, aquello que te devuelva la fuerza y la firmeza. Y ese "aquello" es la familia: la pareja, el hijo—personas que dependen de ti y que necesitan ver una sonrisa en tu rostro. 

Porque tu sonrisa es importante—define el curso del día, como el viento define el curso de un barco con velas, porque tienes que buscar algo bello en los momentos más oscuros y eso, a la larga, te hace una mejor persona. Consigues superar las pequeñas barreras que irritan o los grandes obstáculos capaces de abatir; consigues dormirte todas las noches, pensando que mañana será un día nuevo y apasionante, porque tengo muchas cosas por hacer y muchas sonrisas por sacarle a mi pequeña princesa.
Entonces los problemas que en algún momento parecieron enormes, se vuelven pequeños, como hormigas circulando en fila en alguna parte cerca de ti. 
Y tu te vuelves más lúcido, más vivo y más presente.