La tarde de domingo, mientras pintaba mi último cuadro, decidí ponerme un documental. Siempre veo documentales sobre lugares fantásticos, ciudades perdidas en la selva o en el fondo del mar, castillos o personajes cuyas vidas me inspiran. Soy una persona emocionalmente inestable y para tardes de concentración busco algo tranquilo; así encontré un interesante relato visual sobre el lobo negro.
Apenas pude concentrarme en otra cosa que no fuera el propio protagonista de este documental. Me transportó a numerosas tardes lluviosas y grises de Moscú mientras leía  "El colmillo blanco" en el metro. Aquella desgarradora historia sobre cómo ve el mundo un perro y cuál es el sentido de su vida y sus valores.
El lobo negro era diferente al resto de sus hermanos, pero al haber nacido el primero debía ocupar el privilegiado puesto del macho alfa de la manada—ley universal, concebida en algún lugar y tiempo desconocidos. Suena tan noble, tentador y poderoso—palabras que son un clásico abalorio del poder. Pero, ¿cuántas tormentas terribles conllevaba aquella posición social? El lobo negro no era aceptado por sus familiares ni sus compañeros, nadie creía en él, en que sería capaz de lidiar con aquella responsabilidad, ya que su color era "raro"— un gran inconveniente a la hora de cazar en la nieve, que recubría su hogar la mayor parte del año.
Debía conseguir comida, cazar sin apenas fuerzas por el hambre y, además, dar ejemplo a las nuevas generaciones de lobos. Una vez abatida su presa, debía repartir la comida y administrar frente a los hambrientos miembros de la manada, pero, peor aún, debía enfrentar a otros lobos, invasores de su territorio; y en cada enfrentamiento había compañeros caídos, que el lobo negro dejaba atrás con tremendos aullidos en homenaje a su memoria.
Había venido al mundo para combatir, marcado por su inusual pelaje—un luchador nato. Debía enfrentar todas las tempestades que le preparó la naturaleza y la peor: la falta de fe en él por parte de todos los que le rodeaban. A pesar de eso, el lobo negro demostró su espíritu y no decepcionó el puesto que le designó el arquitecto del universo.
A lo largo de mi vida, conocí a mucho lobos, feroces, dominantes, despiadados. Pero sólo uno fue "un lobo negro". Canjeé mi belleza por su poder y mi sensibilidad por su dominio. Quise sentir su fuerza y saborear su debilidad, más todo me fue concedido, excepto la eternidad.