Seguro que todos alguna vez nos hemos visto en compañia de personas no del todo amigos, pero tampoco tan extrañas. Un ambiente en el que el único tema de conversación que fluye es acerca de quién se compró el qué y cuanto le costó. La última vez que me vi envuelta en semejante situación, me levanté y me fui, ya que hace algún tiempo comprendí que no podía gastar mi tiempo en las cosas que no me gustan.

Somos una generación ME. Me compré, me bajé, me descargé.
Esa ambición por ser el mejor y saborear la victoria ahora se satisface por medio de las adquisiciones, no talentos. ¿Acaso no luce el talento? Nada puede ser más sencillo que sentirse interesante, atractivo y popular tras haber comprado un nuevo movil, joyas, coche, ropa etc...
Ese egocentrismo engendrado por las redes sociales y fertilizado con personas como tú cada año - es la lepra de nuestro tiempo. Ese egocentrismo no afloja y no deja a las personas respirar a pleno pulmón hasta que demuestren su estatus, su importancia, su valía. ¿Por qué mi generación está obsesionada con demostrar a todos sus lujos de vida? Como si disfrutar de la vida no tuviera ningún sentido si los demás no pueden saber que lo haces.

Niñas que siguen a diario esas pomposas cuentas y se flagelan por no tener tal físico que consideran como el pase a una vida mejor, llena de regalos, popularidad y viajes. A la larga, el seguir esas cuentas sólo génera un profundo sentimiento de insatisfacción y una crónica inseguridad. Esas niñas - seguidoras profesionales no desarrollan ningún talento y lo máximo a lo que aspiran es a adelgazar.

No creo que nada hace más bella a una persona que el talento. Es un atributo del alma que puede hallar miles de maneras de expresarse en el hombre. El talento embellece y empuja a la mente a mantenerse ocupada con ideas elevadas, en vez de consumismo que solo conduce al hombre hacia sentimientos bajos. Es trsite que tales sentimientos bajos se conviertan en rutinarios, en forma de vida para la gran mayoría.